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Gestión de las emociones
 
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           TEXTO DE LA CHARLA IMPARTIDA POR Mª ROSA PARÉS      
           EN LA LIBRERÍA EXCELLENCE DE BARCELONA
 
El tema central de esta charla es las EMOCIONES SU GESTIÓN. Y tal vez alguien se pregunte: "¿Qué son las emociones?" Mi respuesta es la siguiente:
 
Son la manifestación de cómo estamos internamente, aquello que hace que una experiencia sea diferente para unos y otros y que dicha experiencia deje huella; son las que a veces provocan un cambio de rumbo en nuestra vida, bien por un poco o por completo.
 
Emoción es lo que puede convertir un atardecer en algo fantástico o algo detestable, según lo que siente el que contempla ese momento.
 
Cerramos ahora un momento los ojos y traemos a la mente el recuerdo de un atardecer… el primero que venga. Observamos los detalles de ese momento tal y como tuvo lugar… reviviendo lo que sentíamos entonces, sin cambiarlo… Eso es la emoción.
 
Las emociones tienen un origen primario: es el modo básico de existencia de los animales no razonan, sienten y reaccionan- y gracias a ellas es posible la supervivencia.
Ya Darwin inició estudios importantes sobre las emociones al observar su expresión en los rostros. Desde entonces, se han desarrollado otras muchas teorías.
 
Lo que nos ocupa principalmente hoy aquí, es cómo vivimos las emociones: a veces nos desbordan y sentimos más rabia de la cuenta, mayor tristeza de la que corresponde, demasiada venganza, alegría exagerada, miedo fóbico, etc. Otras veces, cuando sería adecuado y conveniente sentir, no sentimos, bloqueamos la emoción para no sufrir, para no mostrar vulnerabilidad, para no dejarnos ser felices, para no mostrar nuestro desacuerdo, etc.
 
Cada emoción tiene en sí misma una función clara y precisa acorde con lo que acontece en el momento presente. Cuando no la gestionamos adecuadamente, se convierte en un producto tóxico y dañino para nuestra vida, fuera de lugar, llevándonos a comportamientos neuróticos.
 
De forma general, nos movemos alrededor de cuatro emociones básicas que son: alegría, rabia, tristeza, miedo. Hay otras clasificaciones y una gran variedad de emociones que vendrían a ser como derivados de las cuatro emociones citadas.
 
Las emociones tienen un receptor que es el cuerpo. Tanto si identificamos la emoción que vibra como si no la identificamos -en cuyo caso se habla de bloqueo o desconexión- el cuerpo responde con unas sensaciones físicas, de modo que si estamos atentos y las observamos, podremos saber en futuras ocasiones qué emoción estamos experimentando según percibimos las sensaciones corporales. Esto significa una pista para adelantarnos al desbordamiento emocional o conocer mejor qué emoción se está insinuando cuando tenemos dificultad en sentir.
 
Con la respiración, ayudamos a dar salida a la emoción cuando ésta aparece, respirando de forma profunda, con el diafragma, separando los labios para soltar el aire por la boca.
 
Cuando respiramos de forma superficial y corta, nos situamos mayormente en la actividad mental, sintiendo menos e interrumpiendo la emoción. Al respirar con profundidad, favorecemos la expresión emocional.
 
La alegría es una emoción expansiva que suele manifestarse desde el interior del individuo hacia el exterior. Es la que nos permite ver el mundo, las personas, las cosas, con confianza, esperanza, entusiasmo. La que nos empuja hacia adelante, nos permite un gozo placentero, auténtico, nos brinda un fondo de satisfacción. A la vez, es fuente de salud física y psicológica.
 
Una alegría desmesurada, fuera de contexto, no nos deja calibrar y percibir la realidad ni tampoco lo que ocurre delante nuestro, nos impide reaccionar de forma acorde a ello. Esto puede suceder cuando no queremos saber nada de tristezas, problemas, dificultades o inconvenientes: negándolo todo con nuestra alegría desorbitada, seremos incapaces de intervenir según lo requiera el momento.
 
Cerrando los ojos durante unos momentos, traemos a la mente el recuerdo de un momento de gran alegría… observando los detalles de ese momento tal y como tuvo lugar… sintiendo en qué parte/s del cuerpo se manifiesta y con qué sensaciones... sudor, calor/frío, ritmo del corazón acelerado/muy lento… cada cual observa sus sensaciones propias.
 
La rabia puede ser una emoción expansiva o de repliegue cuando no le damos salida. Es aquella que nos permite poner límites y defender nuestros intereses: nos da fuerza para decir no o sí a lo que queremos, para luchar contra una injusticia.
 
Puede surgir también como resentimiento a algo sucedido dónde no hemos podido o sabido hacer valer nuestra parte. Si acumulamos rabia y no la exteriorizamos, es posible que la somaticemos con alguna enfermedad en órganos como el hígado, estómago, corazón, o con tensiones musculares. Podemos dar salida a la rabia corriendo, realizando algún deporte intenso, bailando músicas de percusión, golpeando un saco de boxeo o algo similar, u otras maneras que nos permitan expresarla sin dañar a nadie. 
 
Cerrando los ojos durante unos momentos, traemos a la mente el recuerdo de un momento de rabia… observando los detalles de ese momento tal y como tuvo lugar… sintiendo en qué parte/s del cuerpo se manifiesta y con qué sensaciones.
 
La tristeza es una emoción de repliegue que nos permite digerir el dolor que nos produce generalmente una pérdida, bien sea física, de un ser querido, de una relación, una posesión, un lugar, o de alguna cualidad, sueño, proyecto.
 
Negar la tristeza es lo mismo que no querer vivir el dolor que subyace en ella y mientras no queramos asumir ese dolor, estaremos invirtiendo energía en taparlo viviendo así la vida y el amor a medias. Del mismo modo que una tristeza empleada como refugio y argumento de vida, resulta invalidante. 
 
Cerrando los ojos durante unos momentos, traemos a la mente el recuerdo de un momento de tristeza… observando los detalles de ese momento tal y como tuvo lugar… sintiendo en qué parte/s del cuerpo se manifiesta y con qué sensaciones.
 
El miedo es una emoción expansiva o de repliegue cuando nos paraliza. Es la que nos prepara para atacar o huir frente a un peligro. Existe un miedo universal que es el miedo a la muerte y por el cual siguen existiendo los seres vivos: frente a un león rugiendo que se acerca hacia nosotros, la mejor emoción que podemos sentir es miedo, que nos prepara en segundos para afrontar de la mejor manera posible el peligro con el fin de sobrevivir.
 
Un miedo sin causa, en su mayor grado una fobia, no nos permite avanzar en la vida. 
 
Cerrando los ojos durante unos momentos, traemos a la mente el recuerdo de un momento de miedo… observando los detalles de ese momento tal y como tuvo lugar… sintiendo en qué parte/s del cuerpo se manifiesta y con qué sensaciones.
 
Tomando como referencia el pasado, el presente y el futuro, podemos decir que:
- una tristeza anclada nos revierte constantemente al pasado como añoranza de lo que ya no tenemos
- un miedo desmesurado nos conduce a estar pendientes de un futuro incierto
- una rabia salvaje nos hace mirar con resentimiento el pasado y con recelo el futuro
- una alegría desorbitada nos hace olvidar la lección del pasado y no tener visión de futuro.
 
Cuando podemos vivir las emociones de modo adecuado, es decir, de forma sana, todas ellas tienen un objetivo en el presente, en el aquí y ahora.
 
A las emociones hay que escucharlas, son como una canción sobre lo que sucede en nuestro interior. Es igual si se trata de una emoción bien vista, como la alegría, o mal vista, como la rabia, si se trata de envidia, de compasión o cualquier otra. Hay que escucharlas a todas! No negar unas y reconocer sólo otras, todas nos hablan de quienes somos, de cómo estamos, de lo que late dentro nuestro. A esto se le llama darle un espacio, que de forma adecuada es dedicar unos minutos a sentirla y dejar que emerja en la mente palabras, ideas, imágenes asociadas con esa emoción de tal modo que obtenemos información y guía sobre qué hacer con ella.
 
Al reconocer y permitir la existencia de una emoción, esto nos suele ayudar a que afloje y tome un tamaño más reducido, a hacernos amigos de ella y no luchar contra ella. Cuanto más negamos una emoción -en definitiva una parte de nosotros mismos- más se acrecenta y puja por salir. 
 
 
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